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In this issue - May 18, 2012
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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
The Year for Priests
El Año Sacerdotal
The blessing of our consecrated Sisters
La bendición de nuestras hermanas consagradas
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Hombres de corazón valiente

El 15 de agosto celebro el 31 aniversario de mi ordenación. Mi sacerdocio es la alegría y el privilegio de mi vida. Esto es realmente cierto: no puedo pensar en una manera más bella de pasar la vida, que haber sido llamado a dedicarla al servicio sacerdotal de nuestro Señor. Doy gracias a Dios cada día por este don.

Ha sido para mí un honor, en estos últimos cuatro años como su Arzobispo, el ordenar dieciséis hombres al servicio sacerdotal para la Iglesia de San Antonio.

Son hombres buenos, hombres de pasión, inteligencia, generosidad y talento. Pudieron haber hecho muchas cosas con sus vidas. Son como aquellos primeros discípulos en el Evangelio, que estaban atendiendo sus ocupaciones cuando escucharon que nuestro Señor les decía “síganme”. E hicieron a un lado sus propias aspiraciones para seguir a Jesús, para servir a Dios y a su pueblo.

Esto es lo que distingue al sacerdote. Nadie “escoge” el sacerdocio como se escoge un trabajo o una actividad laboral. Somos llamados.

Sin embargo, nunca me he encontrado con un sacerdote que se sienta “digno” de este llamado. ¿Cómo podríamos sentirnos tal? Se trata de una vocación que viene de lo alto, un llamado divino. El sacerdote es un hombre ordinario, llamado a vivir una realidad extraordinaria, sobrehumana: ser “otro Cristo”, para ofrecer Su Cuerpo y Su Sangre y para predicar Sus palabras de misericordia y de perdón.

San Juan Vianney, el patrón de los párrocos, dijo que si pudiéramos verdaderamente comprender lo que significa ser sacerdote, moriríamos allí mismo. Tiene razón, es algo demasiado grande, demasiado maravilloso, como dice el salmista (Salmo 131, 1).

Pero cada sacerdote sabe muy bien que sigue siendo sólo un hombre, no muy distinto de cualquier otro. A veces las personas se olvidan de esto y actúan como si la ordenación fuese una canonización – esperan que sus sacerdotes sean santos.

La verdad es que el sacerdote también es humano. Tiene fortalezas y debilidades, virtudes y defectos; a veces puede estar de mal humor y desalentado o puede molestarse. Tal cómo le podría suceder a cualquier otro cristiano, el sacerdote tiene que luchar contra el egoísmo y el pecado. Necesita el sacramento de la penitencia tanto (o más) que los que lo rodean.

Ninguna de estas cosas es una contradicción a la gran vocación del sacerdocio. Esperar que un sacerdote no peque, es como esperar que un doctor no se enferme. Y de la misma forma que un doctor enfermo puede curar a sus pacientes, el sacerdote, aunque pecador, puede ayudar y sanar a otros pecadores.

San Pablo, que fue un gran sacerdote, luchó contra el pecado; de hecho, solía decir que él era el más grande de los pecadores. No obstante, dijo también sobre su ministerio: “Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy” (1 Co 15, 10).

Eso es cierto para cada sacerdote. El sacerdocio es un oficio de gracia. Cuando el sacerdote está en el altar o en el confesionario, está presente en la persona de Jesucristo de una manera real, de una forma que sólo la gracia de Dios podría hacer posible; pero sigue siendo un hombre. Sin embargo, por su ordenación, tiene el poder de servir como un instrumento de la gracia divina.

Estas son cosas buenas para recordar: en realidad nuestra fe no está en los sacerdotes, u obispos; creemos en Jesucristo, el verdadero Sumo Sacerdote. El sacerdote es su servidor e instrumento.

Por varios años he estado pensando en el don y misterio del sacerdocio. Es por ello que estoy muy entusiasmado por el Año Sacerdotal que ha declarado el Santo Padre.

El próximo mes publicaré un libro para los sacerdotes llamado “Hombres de Corazón Valiente”. Para responder al llamado al sacerdocio, un hombre necesita un corazón generoso. Pero para vivir esa vocación en el curso de la vida, para darse a sí mismo totalmente a Dios, un hombre necesita un corazón valiente. Escribí este libro para ayudar a los sacerdotes a crecer en las virtudes que necesitan para ser grandes y santos sacerdotes, como San Juan María Vianney.

Y en este Año Sacerdotal, deseo que todos ustedes tengan como prioridad especial el rezar por nuestros sacerdotes y apoyarlos.

La vida cristiana es la vida de un pueblo, una familia de Dios. Ninguno de nosotros, incluyendo nuestros sacerdotes, realiza este recorrido solo. El sacerdote es como todos nosotros; necesita ánimo y respaldo, necesita amigos y gente en la que se pueda apoyar.

Estemos presentes para nuestros sacerdotes. Y pidamos a la Bienaventurada Virgen María, Madre de los sacerdotes, que los ayude a ellos y a todos nosotros, a crecer en santidad y amor.

 



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