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In this issue - January 13, 2012
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The Year for Priests
El Año Sacerdotal
The blessing of our consecrated Sisters
La bendición de nuestras hermanas consagradas
Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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La bendición de nuestras hermanas consagradas

La misión de la iglesia en América ha sido bendecida generosamente por el testimonio y trabajo de nuestras hermanas consagradas a la vida religiosa.

Bendición que es especialmente cierta aquí en San Antonio. Las hermanas Ursulinas fundaron la primera escuela para niñas en 1851. Un poco después las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado viajaron hasta aquí en carretas durante una epidemia de cólera y fundaron nuestro primer hospital.

El carácter y la identidad de San Antonio han sido y siguen siendo formados por el gran trabajo de las 53 congregaciones de mujeres religiosas que sirven en la arquidiócesis en áreas que van desde la educación hasta el cuidado médico, la oración y los servicios sociales.

Por este motivo me alegra que el Vaticano haya empezado un estudio sobre la calidad de vida de las mujeres consagradas en los Estados Unidos. Es un signo de que el Vaticano sabe la importancia de estas comunidades para la nueva evangelización de nuestro país. Este proceso proporciona a estas comunidades un momento de gracia para reflexionar, renovarse y rededicarse a los objetivos de sus fundaciones.

La iniciativa del Vaticano, conocida como ‘Visita Apostólica’, incluye un proceso de escuchar y reunir información. La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica ha nombrado a la Madre Mary Clare Millea, superiora general de las Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, como visitadora apostólica.

El proceso de la visita es un ejercicio espiritual. No es una investigación sino una invita-ción a una amplia evaluación del presente y futuro de la vida religiosa en nuestro país. Las preguntas que la Madre Millea está presentando tienen como objetivo ayudar a las hermanas y sus superioras en su ministerio bajo la luz de Cristo y su iglesia: ¿Cómo están viviendo la visión original de sus fundadores? ¿Cómo ven su identidad y ministerio en relación con la iglesia universal? ¿Cómo pueden continuar creciendo en su ministerio? ¿Cómo están promo-viendo más vocaciones para sus comunidades?

Esas preguntas son las mismas que todos nos debemos hacer — independientemente de que seamos laicos, religiosos, religiosas o miembros del orden clerical. Son preguntas básicas de nuestra identidad cristiana y apostólica — porque se refieren al corazón de nuestro amor a Cristo y nuestra fidelidad a su Evangelio.

Son, desde luego, consideraciones de especial importancia para las mujeres consagradas en la vida religiosa. Las hermanas religiosas siempre han sido testigos primordiales de Cristo en la cultura Americana. Su inconfundible estilo de vida siempre ha sido un ‘signo de contradicción’, que manifiesta los valores radicales del Evangelio y ayuda a otros a contemplar el reino de Dios actuando en nuestro mundo.

Recientemente, me he reunido con un grupo de superioras de las congregaciones que trabajan en nuestra arquidiócesis para conversar sobre sus puntos de vista y reflexiones sobre la visita apostólica. Fue una conversación muy productiva y me dio la oportunidad de, una vez más, darles las gracias a nombre de toda la iglesia por todo lo que ellas hacen con su servicio generoso y desinteresado a Dios y a nuestros hermanos y hermanas.

Uno de los retos más grandes que nuestras hermanas religiosas tienen es el cuidado del creciente número de hermanas retiradas y de más edad. De hecho, el próximo fin de semana, Diciembre 12 y 13, en todas las Misas, tendremos la colecta anual para el fondo de retiro de las religiosas.

Nuestra contribución económica es esencial. ¡Qué hermosa manera de decir ‘mil gracias’ a estas mujeres extraordinarias por el regalo de sus vidas! Los animo a todos a que donen gener-osamente y desde su corazón.

También los animo a que recen por el éxito de la visita apostólica.

Con sus votos especiales para vivir los consejos evangélicos y su compromiso con el ministerio, nuestras hermanas consagradas buscan vivir imitando a Cristo. Con sus vidas nos enseñan la belleza de la santidad y nos inspiran a crecer en deseos de buscar la santidad y el reino de Dios — entregar nuestras vidas totalmente a Cristo.

Sigamos rezando para que la visita apostólica sea un momento de renovación para nuestras hermanas religiosas, tiempo de redescubrir la alegría y el celo de su llamada apostólica. Los Padres de la Iglesia llamaban a la vida consagrada, philokalia, el amor de la belleza divina. Recemos pues para que sea un tiempo en el que nuestras hermanas religiosas crezcan en el amor de la belleza de Dios y en su vocación en la iglesia.

 



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