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In this issue - July 30, 2010
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The Year for Priests
El Año Sacerdotal
The blessing of our consecrated Sisters
La bendición de nuestras hermanas consagradas
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El maravilloso misterio de nuestra salvación

Durante la década de los 70, Dan Barker era un conocido predicador evangélico y compositor de populares canciones cristianas.

Pero en 1984, Barker dijo a sus amigos que había dejado de creer en Dios y decidió no sólo apartarse del ministerio, sino que se convirtió en el co-presidente de la más larga organización de ateos de los Estados Unidos, la “Freedom From Religion Foundation” (Fundación para la Liberación de la Religión).

Su “misión” principal, desde hace 16 años, ha sido la de desafiar a los cristianos sobre la credibilidad de la historia de la resurrección de Jesús. Él la llama “el desafío Pascual”.

Es una tragedia para el Sr. Barker la pérdida del tesoro que es la fe en la resurrección de Jesucristo. Cuando leo las palabras de Jesús a Santo Tomás en el evangelio según San Juan, me queda claro que Jesús sabía que tener fe no sería fácil: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.”

Pero para la mayoría de nosotros, la verdadera tragedia es cuando tenemos una fe tibia. A lo largo del año tenemos muchas oportunidades para crecer en la virtud de la fe. Una de ellas es la Semana Santa, la conmemoración de la pasión y muerte de Cristo, y la celebración de su gloriosa resurrección el Domingo de Pascua. Todos los años, este es un momento especial de gracia, pero corremos el riesgo de simplemente “pasar por” el Triduo Pascual con indiferencia, en vez del asombro y reverencia que estos misterios deberían suscitar en nosotros.

Nuestro desafío es vivir intensamente estos misterios, sabiendo que en ellos celebramos las verdades más importantes de nuestra fe: que Jesús resucitó glorioso, para vencer a la muerte y al pecado, y así abrirnos para siempre la puerta de la vida eterna. Durante la Semana Santa también recordamos que Jesús instituyó la Eucaristía y el sacerdocio ministerial, y que se entregó libremente al horror de la cruz para morir y librar de todos los pecados a la humanidad entera.

Nuestra fe se fortalece cuando vivimos intensamente todo lo que la iglesia nos ofrece en la liturgia, en los signos y sacramentos, cuando hacemos vida en nosotros el “Conviértete y cree en el Evangelio”, mientras nos vamos acercando al final de la Cuaresma, que terminará con la gloriosa celebración del Triduo Pascual y la resurrección del Señor.

El Jueves Santo revivimos el episodio del lavatorio de los pies y la institución de la Eucaristía, para recordar así la profunda humildad del Señor y el tesoro más grande de la Iglesia: la presencia real de Jesús entre nosotros.

El viernes tenemos los oficios del Viernes Santo, pero además, el hecho de no celebrar la Misa nos recuerda la tragedia de la muerte de Jesús.

El Sábado Santo, junto a la Madre, esperamos silenciosos y recogidos la victoria del Señor. Victoria que celebramos con la hermosa Vigilia Pascual, tal vez la celebración litúrgica más bella del calendario cristiano, una ceremonia de la que todos los católicos deberían tratar de participar.

En la Pascua celebramos la resurrección de Cristo, que llega como luz que rompe la oscuridad del pecado y de la muerte, que destruye las cadenas del pecado, y que nos abre para siempre las puertas del cielo.

Cada paso de esta hermosa Liturgia Pascual marca los grandes momentos de la historia de la salvación que finalmente llegarían a nosotros, los privilegiados que, a diferencia de tantos profetas, podemos ver la obra salvadora de Jesús.

Nuestra nación, más que nunca, necesita de un “Stimulus Package” espiritual, y no tengo duda que esta Semana Santa sea una extraordinaria ocasión para ello.

Hace cuatro décadas, un sa-cerdote alemán, llamado Joseph Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI, meditaba sobre el sentido del Triduo Pascual, y concluía con una oración que hago mía y que comparto con los fieles de nuestra arquidiócesis:
“Pidamos a Jesús en este tiempo que haga resplandecer su luz por encima de todas las oscuridades de este mundo; que nos haga entender, también a nosotros, que Él permanece siempre a nuestro lado en la hora de la soledad y el vacío, en la noche de este mundo, y que así construye, por nuestro medio, la nueva ciudad de este mundo, el lugar de su paz, de la nueva creación”.   

 



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