Today's CatholicToday's Catholic
Home | About Us | Subscribe | Advertise | SA Archdiocese
Home
In this issue - July 30, 2010
Columnists
Youth
Young Adult
Calendars
Español
Archives
The Year for Priests
El Año Sacerdotal
The blessing of our consecrated Sisters
La bendición de nuestras hermanas consagradas
Photo Galleries

La virtud de obrar la verdad

El Papa Juan Pablo II decía que las virtudes — las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, y las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza — son las “siete lámparas” de la vida cristiana.

Estas virtudes definen lo que significa ser discípulo de Jesucristo. Alcanzaremos la santidad en la medida que imitemos estas virtudes según el modelo de cómo Cristo las vivió, y las cultivemos en nuestra vida.

Hacia el final del año pasado les escribí en esta columna acerca de las tres virtudes teologales. En las siguientes columnas me gustaría explicarles las virtudes cardinales, empezando por la prudencia.

La prudencia es llamada con frecuencia la “madre” de las virtudes, ya que guía a todas las demás a su meta, que es Dios.

La prudencia, como las demás virtudes, es frecuentemente malentendida en  nuestros días. Tendemos a pensar en la persona prudente como alguien muy cuidadoso o excesivamente precavido, o a veces hasta miedoso. Pero eso no expresa en absoluto a llo que nos referimos cuando hablamos de la prudencia.

Santo Tomás de Aquino decía que la prudencia es “el hábito de escoger, es decir, el escoger bien”. Esa es una buena manera de entender esta virtud. La prudencia es la virtud que nos ayuda a tomar buenas decisiones en cuanto a lo que debemos de hacer, lo que debemos desear, y lo que debemos evitar.

La prudencia cristiana es una virtud moral sobrenatural, que es “infundida” en nosotros en el bautismo. Por medio de esta virtud Dios nos ayuda a elegir correctamente y a actuar bien, no solo con relación a lo que debemos hacer en nuestra vida cotidiana, sino también en lo que se refiere a nuestro ser hijos e hijas de Dios. Como dijo San Agustín, la prudencia es la habilidad que nos permite “distinguir aquello que nos ayuda de lo que es un obstáculo para que nos acerquemos a Dios”.

Cuando pienso sobre la prudencia, pienso en las palabras del Evangelio sobre la persona que “obra la verdad” (Jn 3, 21). Es una expresión curiosa, si lo pensamos bien. Nunca pensamos en la verdad como algo que “hacemos”. Podemos hablar la verdad, o conocer la verdad, pero ¿cómo podemos hacer la verdad?

La respuesta la encontramos en Jesucristo: Él es “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14, 6). Él es la verdad sobre el sentido de nuestras vidas; es el camino que debemos seguir para heredar la vida eterna. Y nuestro Señor nos dijo que no somos bienaventurados por escuchar su palabra, sino cuando la ponemos en práctica (Lc 6, 47; 11, 28).

Eso es lo que significa la prudencia. Prudencia es saber qué es la verdad y hacerlo; es poner en práctica en nuestra vida el Evangelio de Cristo. Es por eso que Santo Tomás la llamaba “regla recta de la acción”.

Entonces, ¿cómo podemos crecer en la virtud de la prudencia? Así como con todas las demás virtudes, el antiguo dicho nos responde: la práctica lleva a la perfección. Cuanto más practicamos una virtud, más fácil se nos hace, hasta que se vuelve una segunda naturaleza en nosotros.

La persona prudente vive según la verdad revelada por Jesús en su Palabra y en las enseñanzas de su Iglesia. Para crecer en esta virtud, deberíamos formar nuestras conciencias diariamente a través de la lectura de su Palabra y del estudio de sus enseñanzas, que podemos encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Si hacemos esto, creceremos en el conocimiento de la verdad, de lo que nos lleva a la verdadera felicidad en este mundo, y a la vida eterna en el mundo futuro. Y mientras mejor sepamos distinguir lo que es verdadero, correcto y bueno, más profundamente lo desearemos, y con más ardor buscaremos las maneras adecuadas para alcanzarlo.

En esta semana, hagamos un examen de conciencia sobre cómo vivimos esta virtud. ¿Somos lo suficientemente prudentes? ¿Tomamos las decisiones correctas en nuestro hogar, en el trabajo, en la escuela, basados en la luz del Evangelio y de nuestra vocación de hijos de Dios? ¿Vivimos con coherencia y responsabilidad, tomando en cuenta el bien de los demás y los valores del Evangelio?

Nuestro Señor está siempre dispuesto a ayudarnos en nuestros esfuerzos para crecer en la prudencia. Para eso nos ofrece uno de los dones del Espíritu Santo, el que llamamos “consejo”.

Oremos los unos por los otros, para que el Señor nos conceda este don, y pidamos a Nuestra Señora del Buen Consejo que nos ayude a crecer en esta virtud.
 



Print this page