En su carta que proclama el Año Sacerdotal, el Papa Benedicto XVI instruye a sus hermanos sacerdotes de la siguiente manera: “Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que (San Juan Vianney) ponía en boca de Jesús: ‘Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita”. El sacerdote, por su ordenación al sacerdocio, es conformado a Cristo cabeza y pastor de la iglesia y así participa sacramentalmente en el sacerdocio de Jesucristo. Jesús extendió su misericordia hasta los últimos momentos de su vida, respondiéndole al malhechor arrepentido: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. (Lc 23:43) Además, ya resucitado, Jesús les encargó a sus discípulos: “Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. (Jn 20:23) Así la iglesia continua el ministerio de misericordia y perdón de Jesucristo, especialmente por el ministerio de los sacerdotes.
Como indica arriba el Papa Benedicto XVI, esas palabras del santo de Ars realmente valen para cada sacerdote. Es decir, por medio de nuestras palabras, ejemplo, y ministerio, debemos proclamar que la misericordia de Dios es infinita. Santa María Faustina Kowalska, la religiosa polaca y apóstol de la Divina Misericordia, escribía en su diario: “Ven con fe a los pies de mi representante … Yo mismo te espero allí. Sólo estoy escondido por el sacerdote … Yo mismo actúo en tu alma … Haz tu confesión ante Mí. La persona del sacerdote es, para mí, sólo una pantalla. Nunca analices que tipo de sacerdote es el que yo uso; abre tu alma en la confesión como lo harías conmigo, y yo lo llenaré de mi luz”. Estas palabras de Santa Faustina expresan una tendencia que tenemos muchos, es decir, que permitimos que la persona del sacerdote nos deje ciegos a la gracia de Dios que obra por él sacramentalmente. Tal vez permitimos esto porque nos sentimos apenados por nues- tros pecados, o tal vez porque algo en el sacerdote personalmente nos inhibe. Cualquiera que sea la circunstancia, el Papa Benedicto XVI nos anima, tanto como San Juan Vianney y Santa Faustina, a aprovechar el ministerio de los sacerdotes al acercarnos a la Divina Misericordia.
En muchos católicos ha crecido la devoción de rezar la coronilla a la Divina Misericordia. Pienso que sea de gran be- neficio, ya que despierta en nosotros un profundo espíritu de misericordia. Estamos llamados a buscar la misericordia de Dios y a ser misericordiosos nosotros mismos. La coronilla nos ayuda a conseguir esta misericordia, pues nos inculca una profunda confianza en y respeto por la misericordia infinita de Dios. La oración por la divina misericordia invita al Espíritu Santo para que nos unja y sane con oleo de misericordia. La misericordia de Dios es como un ungüento que sana las heridas causadas por el pecado en nuestras vidas y en el mundo. Rezar la coronilla de la Divina Misericordia nos prepara y dispone mejor a celebrar el sa- cramento de la reconciliación. Y nosotros sacerdotes, podemos aprender del ejemplo del Cura de Ars. El Santo Padre nota que “el Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor”. Nos-otros, los sacerdotes de hoy en día, estamos llamados a hacer que nuestros feligreses sientan el amor misericordioso de Dios. Benedicto además nota que “el Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente”. Con los penitentes humildes y contritos extendía la tierna compasión del Señor. En los penitentes tibios despertaba en ellos arrepentimiento, y además rezaba con más celo por ellos. Benedicto nota las palabras del Cura a un hermano sacerdote: “Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos”. La misericordia estimula y despierta la misericordia en otros. En este Año Sacerdotal oremos para que veamos en nuestros sacerdotes el don misericordioso de Dios. Oremos para que veamos en su ministerio una extensión y expresión del corazón de Jesús, ardiendo con amor por su pueblo, siempre listo a extender su misericordia sanadora. Oremos por nuestros sacerdotes, para que no sean sólo un instrumento de la misericordia de Dios, sino que verdaderas expresiones sacramentales del amor y misericordia de Cristo para con su pueblo.