Mons. Oscar Cantú, Obispo Auxiliar
para Today’s Catholic
“Esto es mi Cuerpo … éste es el cáliz de mi Sangre ... por ustedes”. Estas palabras, que el sacerdote pronuncia cada vez que celebra la Eucaristía, se hacen obedeciendo a Jesús, quien instruyó a sus discípulos en la última cena: “Hagan esto en memoria mía”. La fiel celebración de la Eucaristía a través de la historia y la continua pronunciación de estas palabras, permiten que Jesús siga presente en su iglesia, sacramentalmente, en la Eucaristía.
El sacerdote, quien tiene el privilegio de pronunciar esas palabras en el contexto de la celebración eucarística, debe hacerlas suyas a nivel personal y espiritual. En otras palabras, nuestra propia vida, nuestra vocación, es dar de nosotros mismos, tal como lo hizo Cristo, a la iglesia. Existimos por la iglesia, para darle vida.
Cada sacerdote lo hace de manera imperfecta. Damos de nosotros mismos, poco o mucho, para la vida de la iglesia. Jesús se dio a sí mismo como una ofrenda perfecta al Padre, y dio vida a la iglesia a través de su sangre y agua que brotaron de su costado al morir en la cruz. Nosotros que estamos llamados al sacerdocio ministerial parti-cipamos en el único sacerdocio de Jesucristo y nuestro mi-nisterio es hacer que la misión de reconciliación de Jesús esté presente en todo tiempo y lugar.
Yo considero que es en este contexto, en el que San Juan María Vianney, el santo patrón de los párrocos — a quien honramos y reconocemos en este año sacerdotal — exclamó en su piedad característica del siglo XIX: “Después de Dios, el sacerdote es todo … sólo en el cielo se dará cuenta completamente de lo que es”. San Juan María Vianney reconoció cuán importante es el sacerdote para continuar la misión de Jesús.
En los primeros años de mi sacerdocio, me hice el propósito de guardar todas las tarjetas de agradecimiento que recibía de los feligreses por diversas circunstancias. Las puse todas juntas en un álbum de recuerdos. Y cuando me sentía poco valorado o cuando estaba teniendo un mal día, tomaba el álbum y leía algo de las notas de los feligreses y de otras personas a quienes había servido como sacerdote. Fue en esta práctica como me di cuenta, de manera bastante conmovedora, que Cristo estaba operando a través de mis pequeños esfuerzos para mostrar compasión, para sanar, para predicar la verdad del Evangelio, etc. Específicamente en los momentos sacramentales — en la celebración de la Eucaristía, en el bautismo de los niños, al escuchar confesiones, al ungir a los enfermos, al presidir las bodas — era verdaderamente Jesús quien se daba a sí mismo, quien bautizaba, absolvía, sanaba y unía en el amor. Pero lo hizo a través de mi ministerio. Como San Juan Crisóstomo dijo una vez: “el sacerdote presta sus manos y su voz a Cristo”. Es importante que también prestemos nuestros corazones y nuestras mentes, de hecho ¡nuestras propias vidas!
Los que fuimos llamados al sacerdocio estamos llamados no porque seamos dignos, o porque seamos más inteligentes que los demás, o más santos. Somos llamados porque Dios es misericordioso con nosotros y porque en su plan misterioso, él busca operar a través de nuestro mi-nisterio. La mayor parte de las veces nosotros, los sacerdotes, estamos claramente conscientes de nuestras propias debilidades; y aún así, Dios nos llama; y aún así, somos capaces de permitir que el amor de Cristo, su verdad, y su misericordia, operen a través de nuestro ministerio. Como expresó San Pablo: “mi poder triunfa en la debilidad”. (2 Co 12:9)
En este Año Sacerdotal, no-sotros los sacerdotes, tenemos el reto de crecer en perfección, a través del amor y compasión de Jesucristo. Dependemos de las oraciones de la iglesia en este año, de las oraciones de nuestros feligreses y de aquellos a quienes servimos. Los pecados y crímenes de unos cuantos sacerdotes en tiempos recientes nos han herido a todos en la iglesia. Sólo el amor y compasión de Dios pueden sanar esas heridas; sin embargo, nosotros participamos en esa sanación por medio de nuestras oraciones, compasión y amor.
Este Año Sacerdotal es una oportunidad para los sacerdotes para crecer en santidad y llevar la santidad a la gente que el Señor nos ha confiado.
Cada Católico en la Arqui-diócesis puede convertirse en una fuente irremplazable de ayuda para nuestra santificación, a través de oraciones, del ejemplo de vida y de su cooperación y ayuda. Cada fiel laico, con su propia vida, con el ofrecimiento de dones espirituales y de sufrimiento, puede influenciar decisivamente a su generación, con la gracia que nosotros los sacerdotes necesitamos para ser santos y a la vez, ayudar a la santidad de la iglesia entera.
Es por ello que el Papa no se limita palabras para recordarnos a todos la importancia decisiva del sacerdocio para la vida de nuestra iglesia. No lo dice para fomentar un erróneo e inmerecido reconocimiento de los que hemos recibido el don del sacerdocio ministerial, sino para recordarnos que, como dijo San Juan María Vianney: “Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el mayor tesoro que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la divina misericordia”.
En el momento de dar gracias a Dios por el inmenso don del sacerdocio en la vida de nuestra iglesia, el Arzobispo Gómez y yo pedimos a los miembros de nuestra iglesia en San Antonio, el orar, ofrecer y dar testimonio para que todas nuestras parro-quias y ministerios puedan ser bendecidos con sacerdotes configurados “según el corazón de Dios”.
“Adoptemos” espiritualmente, con nuestras oraciones y sacrificios, a los sacerdotes y semi-naristas de nuestra arquidiócesis y pongámoslos en las manos de nuestra Santa Madre, para que este Año Sacerdotal pueda concluir con frutos abundantes a favor de nuestra iglesia local y universal.