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In this Issue - August 15, 2008
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La esperanza y la Pascua

    El Santo Padre, Papa Benedicto XVI dijo que “la fe en la resurrección de Jesús es una afirmación de que existe un futuro para cada persona humana”, pero aún con lo especial que debería ser la celebración de la Pascua, nuestra cultura secular trata de reducir su valor espiritual.

    En Pascua la Iglesia proclama el hecho más importante y radical para la vida de la humanidad y de cada hombre: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo ha traído la felicidad y la salvación al mundo entero. Al mismo tiempo, el ambiente comercial de nuestra sociedad moderna ha convertido a esta fiesta en una celebración secular, una nueva oportunidad para tener grandes rebajas en las tiendas de departamentos o simplemente para que sea un día en que está permitido tener un picnic o comer mucho chocolate. La diferencia entre una celebración y otra es abismal. Es la diferencia entre nada y todo. La Pascua debe ser un tiempo para renovar nuestra esperanza. Es una fiesta que da sentido a toda nuestra vida. En su reciente Encíclica titulada “Spe Salvi” — “Salvados por la Esperanza” — el Papa Benedicto XVI nos explica la importancia de los misterios que acabamos de celebrar en la Pascua.

    “Cristo — dice el Santo Padre — ha descendido al ‘infierno’ y así está cerca de quien ha sido arrojado allí, transformando por medio de Él las tinieblas en luz. El sufrimiento y los tormentos son terribles y casi insoportables. Sin embargo, ha surgido la estrella de la esperanza, el ancla del corazón llega hasta el trono de Dios. No se desata el mal en el hombre, sino que vence la luz: el sufrimiento — sin dejar de ser sufrimiento — se convierte a pesar de todo en canto de alabanza. (Spe Salvi, 37) Así, gracias al misterio de la Resurrección del Señor, podemos tener esperanza, esa virtud que muchas veces pasamos por alto, pero que es una de las virtudes teologales, recibida de Dios con la fe y la caridad, y sin la cual no podríamos crecer en nuestra vida espiritual.

    El conocido converso francés Charles Péguy describía en un poema el valor de la esperanza y su relación con las otras dos virtudes que recibimos de Dios, la fe y la caridad: “La fe es una esposa fiel, la caridad es una madre ardiente, toda corazón ... Y la esperanza es una niñita de nada. Pero, sin embargo, esta niñita de nada, ella sola, llevando consigo a las otras dos virtudes, es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos. Como la estrella condujo a los tres Reyes Magos desde los confines del Oriente, hacia la cuna de mi Hijo, así una llama temblorosa, la esperanza, ella sola, guiará a las virtudes y a los mundos, una llama romperá las eternas tinieblas”.

    Esa llama que nos trae la “pequeña” esperanza, ese fuego ardiente, que en la celebración de la Vigilia Pascual representábamos con el cirio pascual, es el Señor resucitado. “Él es nuestra paz”, (Ef. 2,14) como nos dice San Pablo. Y es nuestra paz porque nos ha traído el don de la esperanza, que alumbra cualquier tiniebla de nuestra vida.

    Comparemos esta maravilla, este don de Dios, con la frivolidad de una fiesta secular y preguntémonos si para nosotros la Pascua es el evento decisivo de nuestras vidas que debería ser, el milagro que deberíamos acoger, atesorar y agradecer infinitamente, o una fecha que celebramos, pero por las razones equivocadas.
Aunque se suele decir que el conejo de pascua es un símbolo pagano-escogido por su fertilidad, existe una tradición europea que ha visto en el conejo — más precisamente en la liebre — un símbolo cristiano de la Pascua.

    Según esta tradición, la liebre posee poderosas patas traseras que le permiten no solamente correr, sino especialmente subir cuesta arriba. Sus débiles patas delanteras, en cambio, le hacen difícil descender. Y por eso la liebre prefiere huir ascendiendo que descendiendo. De manera semejante, el cristiano, gracias a la Resurrección del Señor, se siente atraído a subir, a ascender hacia Cristo; y en cambio, se siente desalentado a descender hacia el pecado. Oremos para que el Señor resucitado y Santa María, la Virgen de la Alegría, nos ayuden a vivir este tiempo y el resto de nuestras vidas de la misma manera que las liebres de la tradición cristiana: siempre hacia arriba, hacia Dios y hacia las virtudes cristianas. ¡Feliz Pascua!




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