Católico 'hasta los zapatos'
Probablemente alguna vez han escuchado que alguien diga: “¡soy católico hasta los zapatos!”
Esa expresión no quiere decir que necesitamos que nuestros zapatos sean católicos para poder ser buenos hijos e hijas de la Iglesia. Pero tiene un significado simbólico importante: que cuando somos católicos debemos serlo en todos los aspectos de nuestra vida.
Esto es especialmente cierto si consideramos que ninguno de nosotros es un ser individual, aislado, cuya felicidad y salvación dependen exclusivamente de “ser bueno” y cumplir con algunas devociones y algunos sacramentos.
Cada uno de nosotros vive en medio de un tejido que incluye a otras personas en él: nuestra familia, nuestra comunidad, nuestra sociedad, nuestro país.
Como nos explica el Compendio del Catecismo: “junto con el llamado personal a la bienaventuranza divina, el hombre posee una dimensión social que es parte esencial de su naturaleza y de su vocación”; y por eso “el amor al prójimo es inseparable del amor a Dios” (Compendio 401).
Nuestra fe, por ello, se debe extender al prójimo, no sólo al que vive junto a mí, sino a todo aquel que participa de la misma comunidad, de la misma sociedad en la que vivo. De una manera misteriosa pero real, todos los seres humanos compartimos en alguna medida, un llamado común.
Nuestra vida cristiana, por tanto, si es auténtica, debe proyectarse naturalmente en nuestro entorno, y debe influir en la construcción de un mundo que el Siervo de Dios Juan Pablo II describía con tres palabras: “más fraterno, más justo y más reconciliado”.
El mismo Juan Pablo II nos invitaba, en su Encíclica Centesimus Annus, a construir una “ecología humana”, es decir, una sociedad donde no sólo reine la justicia social, sino también los valores morales y espirituales que hagan que el mundo no sea tóxico para los seres humanos, sino propicio para su desarrollo integral.
Como explica el Compendio, “una auténtica convivencia humana requiere respetar la justicia y la recta jerarquía de valores, así como el subordinar las dimensiones materiales e instintivas a las interiores y espirituales. En particular, cuando el pecado pervierte el clima social, se necesita hacer un llamamiento a la conversión del corazón y a la gracia de Dios, para conseguir los cambios sociales que estén realmente al servicio de cada persona, considerada en su integridad” (Compendio 404).
Lo más importante de este texto del Compendio, es que establece claramente la íntima relación que existe entre la conversión personal y el cambio social; entre la santidad individual y la justicia en nuestro entorno.
Esta realidad no tiene nada de nuevo: ya San Juan nos decía en su carta que “Quien no ama a su hermano a quien ve, miente si dice que ama a Dios, a quien no ve”.
La caridad, en efecto, es el más grande mandamiento social, pues nos lleva a la construcción del bien común.
¿Qué es el bien común? Es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible, a los grupos y a cada uno de sus miembros, alcanzar la felicidad y la salvación.
El bien común supone el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona, el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la persona y la sociedad, así como la paz y la seguridad de todos.
Lograr el equilibrio en la aplicación de la justicia no es una tarea fácil. Pensemos, por ejemplo, sobre los complejos y frecuentemente sensibles temas de la inmigración, de la ética en la medicina, o de la pena de muerte.
Pero es precisamente en temas como éstos donde los católicos no solamente debemos participar activamente, sino aplicar las enseñanzas de la Iglesia, buscando honestamente el bien de todos y el verdadero equilibrio de los diversos intereses que parecen estar enfrentados.
Pidamos a Dios por intercesión de la Beata Teresa de Calcuta, que supo siempre unir su santidad personal con la lucha por una sociedad más justa y cuya fiesta hemos celebrado hace algunos días, que nosotros seamos también, en nuestra vida diaria, semilla de una nueva sociedad construida en base a la caridad.