'Nunca he robado a nadie'
Muchos católicos se sienten aliviados cuando leen el séptimo mandamiento que dice “no robarás”, porque nunca han cometido un acto directo de robo, nunca le han quitado a escondidas algo que le pertenecía a alguien.
Y porque nunca le han robado a nadie, creen que este mandamiento no se aplica a ellos y creen que, al examinar su conciencia, pueden con toda calma pasar al siguiente.
Pero la obediencia a este mandamiento implica mucho más que lo que aparenta.
Para nosotros los católicos, este mandamiento no sólo señala que no puedes asaltar un banco o robarle un dulce a un niño: este mandamiento declara que el destino de los bienes materiales es universal, es decir, que el bienestar debe alcanzar a todos, y que junto al derecho a la propiedad privada, todo católico debe respetar el derecho de las personas a poseer bienes y a la integridad de la creación.
En otras palabras, este mandamiento tan breve, no sólo implica el respeto a los bienes ajenos, sino que también exige la práctica de la justicia y de la caridad, moderación en la protección de la creación y como vivimos la solidaridad en la sociedad.
Se atenta contra el mandamiento cuando se pagan salarios injustos, cuando se especula haciendo variar artificialmente el valor de los bienes para obtener beneficio en detrimento ajeno, cuando se falsifican cheques y facturas, cuando se comenten fraudes fiscales o comerciales, cuando se ocasiona voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas.
El mandamiento pues, “prohíbe igualmente la usura, la corrupción, el abuso privado de bienes sociales, los trabajos culpablemente mal realizados y el despilfarro”. (Compendio 508)
Este mandamiento exige también el amor y la preocupación por los pobres; es una exigencia a responder al pedido explícito de Cristo: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. (Mt. 25:40) El buen trabajo realizado por instituciones caritativas como nuestras “Caridades Católicas” es una buena de velar por los pobres, pero cada bautizado tiene la vocación y misión de personalmente hacer lo que esté a su alcance para luchar contra la pobreza material.
Jesús nunca condenó la riqueza por sí misma, pero sí indicó que ésta puede llevar al deseo desmesurado de los bienes, y este deseo puede llevar a la perdición: no olvidemos la advertencia de Jesucristo: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre al reino de los cielos”. (Mc. 10:25)
San Juan Crisóstomo, uno de los más destacados padres de la iglesia del siglo IV, explicaba que este pasaje del Evangelio no condenaba a los ricos por ser ricos; sino que advertía contra la tentación de la frivolidad y el desprecio a los pobres. Esto es lo que escribía el santo: “No tratemos de adornar nuestras casas, sino, antes que la casa, adornemos nuestra alma.
¿No es vergonzoso recubrir sin razón ni motivo las paredes de mármoles y dejar que Cristo ande por las calles desnudo? ¿Qué te aprovecha, hombre, tu casa? ¿Es que te la vas a llevar de este mundo? No, no te llevarás la casa al salir de este mundo; lo que te llevarás sin remedio es tu alma ... Edifiquemos casas para vivir, no para la ostentación.
Lo que se sale de la necesidad es superfluo e inútil. Ponte unos zapatos mayores que el pie. No los aguantarás, porque te impiden la marcha. Así, una posesión mayor que lo necesario te impide la marcha al cielo”.
Como se ve, hermanos y hermanas, este mandamiento de “no robarás” implica mucho más que lo que parece a primera vista. Y este tiempo de Cuaresma, en el que Jesús nos invita a vivir la penitencia, la oración y la limosna, y en el que el Papa Benedicto XVI nos ha invitado especialmente este año a poner un acento especial en la generosidad con los más necesitados, es el momento propicio para examinar nuestras conciencias y asegurarnos que utilizamos nuestros bienes para lo importante, y especialmente para atender las necesidades de aquellos más desfavorecidos.
Encomiendo a todos los fieles de nuestra arquidiócesis al Señor Jesús, que como contemplaremos en los misterios de su muerte, la generosidad infinita de “Nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, por ustedes se hizo pobre”. (2 Cor. 8:9)