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Una comprensión renovada de la sexualidad humana
Hoy en día, no es difícil escuchar que algunos de los mandamientos ya pasaron de moda y que las enseñanzas de la iglesia están anticuadas. Hay un acuerdo general sobre la validez de algunos de los Mandamientos. Algunas de nuestras leyes se inspiran en el manda-miento de “no matar”. Por otro lado, “honrar a padre y madre” sigue siendo algo bueno e importante, e incluso reconocemos su relevancia con celebraciones como el Día de la Madre y el Día del Padre.
Pero cuando se trata de otros mandamientos como el sexto mandamiento, que se refiere a la castidad y la pureza, es decir a la dimensión sexual de la persona, los argumentos en contra de validez actual de las enseñanzas de la iglesia se multiplican y popularizan.
Los argumentos son muy variados. A veces se dice, por ejemplo, que los mandamientos ya no tienen vigencia porque son parte del Antiguo Testamento, que legitimizaba prácticas que hoy en día son rechazadas, como la esclavitud. También se dice que la sexualidad es algo “privado” y la iglesia no debería “entrometerse” en la vida privada de las personas. Todos estos argumentos tienen respuesta. Hemos de recordar que la iglesia mantiene que las enseñanzas morales del Antiguo Testamento son validas todavía hoy, y que Jesucristo dijo que no vino a abolir la ley, sino a llevarla a su cumplimiento. Sus palabras son una afirmación de que el Nuevo Testamento está construido sobre el antiguo, y que por lo tanto, los Diez Mandamientos en su integridad deben ser parte de la vida de todas las personas que quieren seguir a Cristo.
También hemos de explicar que la iglesia no “impone” ninguna doctrina que invada la privacidad de las personas, sino que propone sus enseñanzas sobre la sexualidad por el bien de la persona y de la sociedad.
Pero en la mayor parte de los casos, la resistencia a aceptar la doctrina de la iglesia en este campo no tiene una motivación teórica, sino práctica. Muchos quisieran que las enseñanzas de la iglesia en materia de sexualidad fueran más “laxas”, y no pocos piensan que la visión católica de la sexualidad es demasiado “represiva” o “negativa”.
En 1995, mientras presentaba su Encíclica Evangelium Vitae en Roma a un grupo de jóvenes, el recordado Papa Juan Pablo II resumía la verdadera doctrina de la iglesia sobre la transmisión de la vida. “La doctrina de la Iglesia es un gran ‘Sí’ a la vida … pero ese si requiere de algunos ‘No’ que exigen mucha valentía”.
En efecto, la esencia de la doctrina de la iglesia sobre el sexto mandamiento: “no cometer actos impuros”, está en la verdad sobre la dignidad de toda la persona humana, incluida la sexualidad.
Como explica con sencillez el Compendio del Catecismo “Dios ha creado al hombre como varón y mujer, con igual dignidad personal, y ha inscrito en él la vocación del amor y de la comunión. Corresponde a cada uno aceptar la propia identidad sexual, reconociendo la importancia de la misma para toda la persona, su especificidad y complementariedad”. (Compendio 487)
Esto implica que la iglesia no rechaza la importancia de la sexualidad. Por el contrario, la rescata de quienes la banalizan convirtiendo la actividad sexual en algo “recreativo”, completamente desligado de la dignidad humana.
En ese sentido, la castidad, que la iglesia propone y defiende como indispensable para respetar la dignidad humana, es, “la integración positiva de la sexualidad en la persona”, porque “la sexualidad es verdaderamente humana cuando está integrada de manera justa en la relación de persona a persona. La castidad es una virtud moral, un don de Dios, una gracia y un fruto del Espíritu”. (Compendio 488)
Cuando la iglesia promueve la castidad, sabe que está siendo “contracultural” en un mundo que ha denigrado la sexualidad hasta niveles inimaginables. Pero la iglesia no está en un concurso de popularidad. Su misión es proclamar la dignidad humana, incluso si el hacerlo la vuelve impopular.
El llamado de la iglesia a vivir la castidad, practicando la abstinencia fuera del matrimonio y en el recto uso de la sexualidad, respetuosa del don de la vida, dentro del matrimonio, seguirá siendo el mismo. ¿Por qué? Porque las enseñanzas sobre la castidad, y el rechazo a todas las prácticas que atentan contra ella, no son un “invento represivo” de algunos sacerdotes o teólogos. Es la doctrina heredada por Jesucristo para el bien de la humanidad. Y basta mirar las devastadoras consecuencias de la llamada “re-volución sexual” para ver que la compresión de la Iglesia Católica sobre la sexualidad es la correcta.
En este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, madre del amor hermoso, que nos conceda comprender y amar cada vez más el don precioso de la pureza y la castidad.
Oremos especialmente por nuestros jóvenes, que crecen en una sociedad que menosprecia la virtud de la santa pureza, para que vivan este don como una bendición de Dios.
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