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In this issue - January 13, 2012
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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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La más grande expresión del amor de Dios

    San Felipe Neri decía que la Eucaristía necesitaba de tres eternidades: una eternidad para prepararse para ella, una eternidad para recibirla, y una eternidad para dar gracias.
    Santa Teresa de Jesús decía, por su parte, que “si comprendiéramos plenamente el valor de la Eucaristía, moriríamos de amor”.
    Estas son apenas algunas expresiones que tratan de describir lo indescriptible: el increíble don del amor de Dios encerrado en la Eucaristía. Lo que apenas aparece como un pequeño y blanco pedazo de pan, encierra el misterio más grande y maravilloso de la vida cristiana.

    Por eso, el Compendio del Catecismo de la Iglesia nos dice que “la Eucaristía es el sacrificio mismo del cuerpo y de la sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la Cruz, confiando así a la iglesia el memorial de su muerte y resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna”. (Compendio 271)
    La institución de la Eucaristía por Jesucristo no puede ser más contundente e indiscutible en la Biblia. Él mismo dice: “Tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo”.

    De esta manera, Jesús quiso dejarnos su mismo cuerpo, en la forma del pan, esta fuente y culmen de toda la vida cristiana, donde se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia; porque la Eucaristía no es un símbolo, ni un signo, sino una realidad. En ella, Jesucristo está presente de modo único e incomparable; está presente con su cuerpo y con su sangre, con su alma y su divinidad.

    Por eso la Iglesia católica “conserva con la máxima diligencia las Hostias consagradas, las lleva a los enfermos y a otras personas imposibilitadas de participar en la Santa Misa, las presenta a la solemne adoración de los fieles, las lleva en procesión e invita a la frecuente visita y adoración del Santísimo Sacramento, reservado en el Sagrario.” (Compendio, 286)

    La vida de la iglesia gira en torno a la Eucaristía. Y por ello es un precepto de la iglesia participar de la Santa Misa todos los domingos y fiestas de guardar. El domingo es el “Dies Domini”, el “Día del Señor”, como gustaba llamarle el venerable Juan Pablo II. Es el día central de la semana. Y la Misa es, para nosotros católicos, el corazón del domingo.

    Pero también podemos asistir a la Misa diaria cuando sea posible, pues nos ayuda a crecer en cercanía, reverencia y amor hacia el Señor presente en el Santísimo Sacramento. En nuestro país, hay una antigua tradición de asistir a la Misa diaria especialmente en tiempos especiales como la Cuaresma que empezaremos dentro de pocos días.

    La iglesia recomienda a los fieles que participan de la santa Misa recibir la sagrada Comunión; pero precisamente porque no es un símbolo ni un mero recuerdo, sino una realidad sagrada, la recepción de la Comunión requiere de nosotros algunas condiciones fundamentales: tener la certeza de que estamos en estado de gracia y estar en comunión con la Iglesia católica.

    Los obispos norteamericanos en nuestro reciente documento sobre las disposiciones necesarias para recibir la Comunión dignamente, señalamos la importancia de la vida eucarística, especialmente la Comunión frecuente y la necesidad de estar muy bien preparados incluyendo nuestras disposiciones personales y en la comunidad eclesial. Ahí señalamos que: “Si un católico en su vida personal o profesional rechaza con conocimiento y de manera obstinada la doctrina de la Iglesia, o si con conocimiento y de manera obstinada rechaza sus enseñanzas con relación a temas morales, está seriamente limitando su comunión con la Iglesia. La recepción de la sagrada Comunión en tal situación no estaría de acuerdo con la naturaleza de la celebración Eucarística, y por lo tanto, la persona debería abstenerse de recibirla.”

    Por la grandeza de este sacramento, son también importantes el espíritu de recogimiento y de oración, la observancia del ayuno prescrito por la iglesia (por lo menos una hora antes de recibir la Comunión) y la actitud corporal (gestos, vestimenta), en señal de respeto a Cristo. (Compendio, 291)

    En un mundo donde se pierde paulatinamente la reverencia por lo sagrado, es importante que nuestra renovación en la fe como católicos en nuestra arquidiócesis esté centrada en la Eucaristía.
Ruego para que la adecuada preparación personal y comunitaria, la Comunión frecuente y la adoración eucarística se conviertan en la piedra angular de nuestra vida personal y comunitaria.
    El Siervo de Dios Juan Pablo II ha llamado a María “mujer eucarística con toda su vida”. Cuando Jesús desde la Cruz dijo “¡He aquí a tu madre!”, ha entregado a María al discípulo amado, y en él, a todos nosotros.

    Por lo tanto, en la Eucaristía, cada vez que celebramos el memorial de la muerte de Cristo, estamos recibiendo continuamente este don de María como nuestra Madre.
    En nuestra vida cotidiana, y especialmente durante este tiempo de Cuaresma que empezaremos en pocos días, pongamos todos los medios para imitar a María en su relación con este sagrado misterio, y pidámosle a Ella, quien tiene una relación profunda con la Eucaristía, que nos guíe siempre hacia este santísimo sacramento.

 



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