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In this issue - January 13, 2012
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Column by Archbishop Gustavo García-Siller
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El sacramento de la madurez cristiana

    Nuestra vida está siempre marcada por momentos importantes de tránsito de una etapa a otra. El paso a la escuela secundaria, el inicio del primer trabajo y particularmente la graduación de la escuela son eventos que marcamos de una manera especial en nuestra vida.
    En nuestra vida cristiana, el tránsito a una etapa de mayor madurez también existe. La edad adulta cristiana, en efecto, nos llega a través de un sacramento que llamamos “Confirmación”.

    La Confirmación actualiza las promesas que nuestros padres y padrinos hicieron por nosotros en el Bautismo. En la Confirmación, nosotros confirmamos precisamente aquel compromiso de renunciar al demonio y a las obras del mal, para convertirnos en miembros de la Iglesia con plenos derechos y plenos deberes.

    Es por eso que el rito esencial de la Confirmación es la unción; es decir, cuando se nos unge con el santo crisma, aquel aceite de oliva mezclado con perfumes y consagrado por el Obispo en una Misa especial al inicio de la Semana Santa.

    El santo crisma es un símbolo que proviene de una antigua tradición. En el pasado, era el único perfume, y por tanto, era el líquido que se imponía sólo sobre reyes y sacerdotes. El aceite perfumado también se imponía al cuerpo de los soldados, porque los hacía menos vulnerables a ser capturados por el enemigo.

    Por esta razón, la Iglesia ha conservado el óleo como signo de la Confirmación: porque con su unción en el Sacramento, el cristiano participa de modo especial en la vida de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Como sacerdote — distinto del sacerdocio ministerial que se recibe con el orden sacerdotal — el cristiano está llamado a consagrar el mundo; como profeta, a anunciar el Evangelio a todos y en todos los ámbitos de su vida; como rey, a proteger y defender la Iglesia.

    Es importante saber que, como sacramento, la Confirmación no “simboliza” estas cosas. Ellas realmente suceden. El cristiano confirmado verdaderamente se convierte en sacerdote, profeta y rey.
    El Compendio del Catecismo de la Iglesia nos explica así el efecto de la Confirmación: “es la especial efusión del Espíritu Santo, tal como sucedió en Pentecostés. Esta efusión imprime en el alma un carácter indeleble y otorga un crecimiento de la gracia bautismal; arraiga más profundamente el ser hijos de Dios; une más fuertemente con Cristo y con su Iglesia; fortalece en el alma los dones del Espíritu Santo; concede una fuerza especial para dar testimonio de la fe cristiana”. (Compendio 268)

    La Confirmación, por tanto, convierte al cristiano en un miembro pleno de la Iglesia. A partir de este sacramento, el fiel ya no puede hablar de “la Iglesia” como algo ajeno o distinto a él o ella. Quien ha recibido la Confirmación es miembro pleno de la Iglesia. Y en consecuencia, ya no puede preguntar “¿Por qué la Iglesia…?”, sino que pregunta “Por qué yo…?” Los dolores, los sufrimientos, las faltas y los aciertos de la comunidad eclesial son ahora suyos. Impartir el Sacramento de la Confirmación es uno de los ministerios que me corresponden directamente como Obispo; y aunque es una facultad que puedo delegar, es el obispo, como sucesor directo de los Apóstoles, el ministro ordinario de la Confirmación.

    ¿Por qué? Porque de esta forma se expresa claramente la relación que existe entre quienes reciben o han recibido la Confirmación y la sucesión de los apóstoles.
    Aunque la Confirmación puede recibirse en cualquier momento de la vida, con la sola condición de estar bautizados y tener uso de razón, este sacramento suele impartirse a adolescentes y jóvenes. Por ello, la Confirmación es una ocasión para preguntarse con más intensidad y claridad sobre los planes que Dios tiene para nuestra propia vida, y por ello, para considerar si Dios está llamando a un servicio a la Iglesia de manera plena, a través del sacerdocio o de la vida consagrada.

    Al meditar sobre este hermoso Sacramento de la madurez cristiana, recemos por todos aquellos que en nuestra Arquidiócesis se preparan para recibirlo; y pidamos también al Señor para que, quienes ya estamos confirmados, nos renovemos en las responsabilidades que adquirimos al recibir el sacramento
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